"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca".
Jorge Luis Borges

jueves, 31 de julio de 2014

Muchas razones para leer


En estas páginas encontrarás miles de razones verdaderas y muy divertidas para devorar toneladas de libros durante toda tu vida ¡y sin engordar! Sí, según afirma la autora de este libro, leer hace crecer y mucho más rápido que la sopa. Está comprobado que aunque tengas 100 años, si sigues leyendo, sigues creciendo sin parar.


Título: El libro que hará que te encanten los libros
Autora e ilustradora: Françoise Boucher
Editorial: SM







martes, 29 de julio de 2014

Película: El abuelo que saltó por la ventana y se largó


Hace unos días se estrenó la película "El abuelo que saltó por la ventana y se largó".

En Lectura y Café ya apareció la crítica del libro con fecha de 19/6/2012.  A continuación un breve resumen del argumento para recordarlo. Tanto la lectura del libro como la visión de la película son muy recomendables.

Allan Karlsson es un anciano que decide no hacer caso a las reglas establecidas y vestido con su mejor traje y unas pantuflas, escapa por la venta de la residencia de ancianos donde vive, dejando plantados al Alcalde y a la prensa local. A lo largo de su centenaria vida, Allan ha tenido infinidad de singulares experiencias: desde conocer a personajes como Stalin o Churchill a convertirse en agente de la CIA. Pero cuando creía que con su jubilación había llegado la tan ansiada tranquilidad, decide poner al país patas arriba con su fuga. 

viernes, 25 de julio de 2014

"Sueños en el umbral" F. Mernissi




Fatema Mernissi
"Sueños en el umbral"
Ed. Zeta Bolsillo


Fatema Mernissi, la niña Fatema, vive en un harén. Es un pequeño grupo en el que conviven dos familias, las de dos hermanos. Dos hermanos con sus mujeres, sus hijos e hijas, el servicio y los vigilantes. 
Fatema nace en 1940, vive en la ciudad de Fez, en Marruecos.
Fatema tiene que vivir  entre dos culturas; la del Pueblo Árabe y la de los franceses. Unos tradicionales, los otros modernos y debe compaginar  la modernidad de su madre con el integrismo de su padre.
La madre cree  que una hija debe tener la misma educación que un hijo, que está bien discutir en el grupo familiar, aceptando el deseo de la mayoría, que una mujer árabe sin velo es tan árabe como una que lo lleva... tan respetuosa con el Corán como la que más. 
Y así transcurre la vida de la niña: entre los baños, el manejo de la henna, las mascarillas en el cabello y en la cara, incluyendo también todos los cuidados cosméticos, a los que se sometían en aquella época las mujeres en los harenes  fueran grandes o pequeños, ya que todos los remedios embellecedores tienen su origen en plantas y elementos cotidianos, escondidos en el patio o en su despensa.  
Considerando  el encierro al que se ven sometidas  ellas y sus hijos e hijas  resulta muy cómico, que consigan escapar del recinto y  de las miradas familiares inventando pequeñas dolencias o aprovechando las reuniones de los cabezas de familia que les llevarán a cines o a compras; pues el recadero no siempre acierta con hilos y telas y la tentación del "cinematógrafo",  es demasiado fuerte para rechazarla.
Además de los entretenimientos nombrados hay otros,  como por ejemplo, la interpretación de "Las mil y una noches" por los niños y niñas, de la familia, dejando los papeles de heroínas, a las jóvenes; actuando como público, las  mujeres mayores, criadas, niños...  y dejando a los más mayorcitos  los roles protagonistas masculinos.  
 Y es desde los ojos de una niña rebosante de fantasía y  curiosidad por aprender contrastar y discutir todo aquello que le asombra donde trascurre la vida de la niña Fatema,  en  ese  patio, que es su mundo más cercano donde, sin darse cuenta, vive encerrada;  mientras ... la presencia masculina no se muestra, se siente.
                                                                                                                Julia

martes, 22 de julio de 2014

Los beneficios de la lectura en el mundo laboral


En principio el encuentro entre la poesía y el ámbito laboral parece poco probable más allá de las fronteras del arte y sus profesiones vinculadas. Sin embargo numerosos profesionales han encontrado en este género literario una fuente de inspiración no ya en su vida privada sino en el propio trabajo, incluso por sorprendente que sea como aplicación en los negocios.

Autores como el estadounidense Wallace Stevens, adscrito como T. S. Eliot a la corriente vanguardista y galardonado en 1955 con el Premio Pulitzer de Literatura; Dana Gioia, poeta graduado en Stanford Business School; o Jaime Gil de Biezma quien también desarrollo actividades empresariales; dan testimonio que las finanzas se pueden combinar con los más cálidos versos. Algo que además viene a romper estereotipos acerca de la presunta adhesión del arte con un estilo casi siempre bohemio o determinado estrato social.

En cualquier caso los empresarios pueden enriquecer su perspectiva no solo leyendo ávidamente ficción, novelas contemporáneas o libros en relación a su temática, tienen más que aprender de aquello que en apariencia nada tiene que ver y sin embargo otorga una amplitud de miras.

La poesía enseña a luchar y simplificar la complejidad tal y como asegura el fundador de Harman International Industries (HAR), Sidney Harman “Solía decirle a mi equipo de dirección que consiguiera poetas como gestores. Los poetas son nuestros pensadores más originales. Miran nuestros entornos más complejos y reducen su complejidad debido a su capacidad de comprensión”.

Leer y escribir poesía puede ejercitar la virtud de conceptualizar mejor el mundo y a su vez comunicarse con los demás. Al explorar también los sentimientos, temas tan vitales como la mortalidad, la vida en sí misma nos permite comprender mejor a la gente de nuestro alrededor y potenciar la empatía como hiciera Miguel Hernández en su Elegía “Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano…”.

Sin olvidar que es una valiosa herramienta para potenciar la creatividad o estrategia del llamado pensamiento lateral gracias a la continua utilización de recursos estilísticos y figuras retóricas. Como expresa Dana Gioia “Sentí una gran ventaja sobre mis colegas porque tenía un bagaje de imaginación, en el lenguaje y literatura”.

No en vano a parte de habilidades cuantitativas los altos ejecutivos necesitan desarrollar las habilidades creativas, luego la poesía puede ser una buena alternativa.

Cristina Grao Escorihuela
(Revista En Positivo)


viernes, 18 de julio de 2014

Corazón de León

Corazón de León es una película argentina dirigida por Marcos Carnevale y protagonizada por Guillermo Francella ("El secreto de sus ojos"), que interpreta a un hombre que mide 1,35 metros, y Julieta Díaz, en el papel de Ivana, una exitosa abogada divorciada a quien no le van bien las cosas en el amor.

Ivana Cornejo es una exitosa abogada. Desde hace 3 años está divorciada de Diego Bisoni, también abogado y socio del bufete que ambos comparten. Tras la pérdida de su teléfono móvil, Ivana recibe la llamada de alguien que lo encontró, con intenciones de devolvérselo. Es León Godoy, un arquitecto de gran renombre con una personalidad arrolladora: simpático, galante, carismático... y también divorciado. En la charla telefónica que mantienen se establece mucha empatía y ambos sienten un inmediato interés. Durante esa misma charla quedan encontrarse al día siguiente para devolverle el móvil. Ivana es la primera en llegar y León llega unos minutos más tarde. Cuando lo ve queda perpleja, León es todo lo que ella percibió, pero mide 1,35 m. Es el hombre perfecto, pero... demasiado bajo. A partir de ese encuentro, Ivana buscará superar esos 45 cm que le faltan al hombre de su vida. Así se enfrentará a las convicciones de una sociedad implacable y a sus propios prejuicios, que exigen a los hombres el éxito económico, profesional y esos ineludibles 180 centímetros de altura. 

La película es una comedia romántica, a veces demasiado dulzona, pero es divertida y entretiene y nos hace darnos cuenta que tenemos muchos prejuicios. 

martes, 15 de julio de 2014

"Deseo de chocolate" C. Santos




Care Santos
"Deseo de chocolate"
Ed. Planeta



Una chocolatera blanca de finísima porcelana de Sèvres es el hilo conductor de esta novela. y la historia empieza por el final: la chocolatera se rompe en casa de Sara, su actual propietaria, que tiene una famosa chocolatería en Barcelona. Después narra la historia de Aurora, una sirvienta de una casa burguesa en la época de la industrialización del siglo XIX, y por último, pasamos al siglo XVIII en el que Mariana lucha por conseguir un puesto en el gremio de chocolateros que es un mundo de hombres.
Deseo de chocolate nos va contando la historia del chocolate desde que llegó de América hasta nuestros días a través de tres épocas diferentes, de tres mujeres diferentes y una chocolatera muy valiosa que tiene una inscripción: "Je suis à madame Adélaïde de France" que fue hija de Luis XV rey de Francia.
Cada una de las partes podría ser una novela pero están perfectamente ensambladas formando una sola, en la que nos narra la historia personal de cada protagonista atendiendo al mundo que las rodea, al transcurrir de los hechos históricos y situándolas en cada siglo.
En la historia de Mariana aparece el matrimonio Maria del Roser Golorons y  Rodolfo Lax que son personajes de la novela anterior Habitaciones cerradas.
 Me ha gustado mucho la estructura de la novela, el vocabulario y las expresiones propias de cada época, el contexto histórico, las costumbres, las modas, las diferentes clases sociales y el papel que debía desempeñar cada uno y, sobre todo, he disfrutado con la historia del chocolate que me encanta.
                                                                                                        Carmen

jueves, 10 de julio de 2014

Palabras, palabras, palabras...

Mi tía Etelvina es un crack.
Tu mundo será tan rico como lo sean tus palabras.

¡Cómo nos enriquece el vocabulario!

domingo, 6 de julio de 2014

jueves, 3 de julio de 2014

El vicio de leer



EL vicio de leer
(Mª del Mar Bonet. Cantautora)

Mi padre fue el culpable, si se puede decir así, de mi primer contacto con los libros. Escritor y periodista, él fomentaba en nosotros de una manera natural y cotidiana, con su ejemplo, la necesidad de la lectura. Poco a poco, creciendo a su lado, convivíamos con ese vicio incurable y crónico.
Los primeros recuerdos del contacto con los libros también vienen de la escuela primaria y, sobretodo, de mi abuelo Ramón. Él llenaba el vacío de nuestra lengua materna, el catalán que en la escuela estaba prohibido. El abuelo tenía libros de la República, traducciones al catalán de Julio Verne, cuentos…, con ellos nos enseñaba a leer y a escribir. Lo recuerdo con su paciencia infinita en la mesa del comedor, cada día un rato después del colegio. Lo hacían venir para ayudarme a repasar las matemáticas, que no me interesaban pero a las que él sabía darles un interés especial que no encontré nunca más en ningún profesor.
En aquellos primeros años de lecturas y aprendizajes en casa, yo libraba una pequeña guerra con mi abuela Dolores. Era una persona muy cariñosa, y se hacía querer. De ella aprendí muchas canciones y cuentos. Nunca se cansaba de nuestras peticiones, pero era un poco machista, y en los trabajos de la casa en los que colaborábamos los niños, la que se llevaba el premio de la limpieza era yo, y no mi hermano. Mi madre intentaba luchar contra esta tendencia, pero la abuela tenía algunas convicciones muy enraizadas. Por ejemplo, para ella el hecho de encontrarme leyendo en algún rincón de la casa era un vicio que se afanaba en corregir. Inmediatamente me reclamaba para que la ayudara en cualquier cosa, o me mandaba hacer algún recado. Yo me despedía a regañadientes de aquel momento dulce de la lectura, pues sabía que la abuela no me dejaría volver a él hasta que ella se distrajera o le viniera el sueño en su balancín. Entonces, sigilosamente, podría volver al punto donde había
abandonado el libro. Si yo estaba enferma la yaya claudicaba. Aquello era la gloria: los libros de cuentos, y ‘Rondalles’ de Mallorca, Julio Verne, Guillermo Brown… me llenaban la cama y las horas y me hacían olvidar aquella fiebre. El poder de la abuela menguaba mucho si mi madre estaba en casa. Yo leía a mis anchas y ella no podía hacer nada. Si tenía el libro abierto y ella pasaba cerca de mi yo la miraba de reojo, me sabía de memoria su gesto de desaprobación.
 En casa había un sitio sagrado donde la yaya entraba muy poco. Era el despacho de mi padre. En aquella cierta soledad podía encontrar todo tipo de lecturas. Sabía el estante donde me esperaba Tirant lo Blanc y montañas de revistas: ‘La codorniz’, ‘Correo de la Unesco’, ‘Destino’ y tantas novelas y libros de arte. Todos me esperaban, lejos de la mirada de la abuela.
 Mi padre, en el diario ‘Baleares’, se ocupaba también de la crítica literaria. Por aquél entonces llegaban a casa paquetes de libros procedentes de Barcelona y Madrid. Mi hermano y yo teníamos permiso para abrirlos. Llegaban colecciones enteras de ‘Adonais’, ‘Austral’, ‘Áncora y Delfín’… teníamos el privilegio de sentir el perfume de los libros nuevos, sin abrir.
 Después del cole, alguna vez coincidíamos con mi padre en un paseo por la ciudad. Invariablemente teníamos algunas paradas obligatorias: una era la librería Ereso, que él frecuentaba mucho. Allí estaba su amigo Tomeu Payeras, que nos dejaba, para estar a solas con mi padre, dar vueltas por la librería y husmearlo todo. También entrábamos a ‘Libros Mallorca’, muy cerca de nuestra casa, donde encontré mi primer ejemplar de los poemas de Bartomeu Rosselló Pòrcel. Y más adelante una pequeñísima librería llamada ‘El cavall verd’, milagrosa para mí porque únicamente vendía poesía y la regentaba un inolvidable poeta, Rafael Jaume.
 Entrar en una librería que te gusta, en la que a veces conoces a los libreros, se convierte en un ritual que contiene una dosis elevada de felicidad. Recorrer los mostradores y estantes, escoger y dejar para el final el placer de lo que te gusta más: los estantes y mesas de poesía. Una ojeada pausada y finalmente recoger como si fuera en una huerta todos los frutos que te interesan, pensando en el placer que te darán después.
 A los 18 años llegué a Barcelona para estudiar cerámica en la Escola Massana, y con el tiempo empecé a trabajar en una fábrica de cerámica de Horta. Alquilé una habitación de una casita muy cercana a mi trabajo. Consideré este lugar como mi primera casa independiente, ya lejos del nido familiar. Un día, cuando hacía pocos meses que vivía allí, me llegó un paquete grande procedente de Mallorca. Lo mandaba mi padre. Lo abrí despacito, emocionada: me enviaba una selección de libros en los que había un poco de todo: El Quijote, Larra, Quevedo, Valle-Inclán, Unamuno, Oscar Wilde, William Shakespeare… También el Quadern gris de Joseph Pla, Bearn de Villalonga, una antología de poesía catalana; aquel Tirant lo Blanc que yo leía en su despacho, un librito de poemas de mi amigo Damià Huguet, que yo había dejado en mi habitación cuando me marché. Fue mi primera biblioteca, todavía la conservo.
En casa reservo un sitio para la lectura, siempre el mismo. No puedo oír música, tiene que ser en silencio. Me gusta crear una cierta clandestinidad, como cuando me escondía de la abuela.
 Una buena luz, una butaca cómoda con una mesa baja al lado y algunos libros, de poesía si puede ser… y saber que tengo un par de horas para dedicarlas a la lectura, sin prisas.