"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca".
Jorge Luis Borges

miércoles, 4 de febrero de 2015

Leer: la mirada de los otros

Leer: la mirada de los otros

(Julieta Pinasco)
¿Para qué insistimos con la lectura: a nosotros, a nuestros hijos, a los niños con los que compartimos la escuela? ¿Para qué les martillamos la cabeza con que lo hagan? ¿Cuál es el "beneficio" que obtendrán (porque ha de haber alguno, tan tangible como comer frutas o cepillarse los dientes, para que insistamos de tal forma e ideemos planes para que ello suceda y, encima, sea con placer...)? Damos por descontado que "hay que" leer para ser mejores, para ser más sabios, para ser más buenos, para ser, en definitiva, para ser.
Siguen siendo misteriosas, para mí, las razones por las que las personas eligen leer, y, cada día que pasa, creo que hay tantas como lectores. Por ejemplo, en mi caso, dos padres lectores, una gran biblioteca y la compra de libros para niños dieron una hija lectora compulsiva, un hijo no lector acérrimo y otro casi. 
Hace treinta y cuatro años que trabajo con libros y con niños, y no creo que la lectura deba ser una obligación. De ninguna manera. No se es ni mejor persona, ni más sabia, ni especial porque se lea. La bailarina clásica no va por la vida convenciendo a todos de que el ballet es una experiencia favorecedora de circunstancias como, seguramente, lo es. Sin embargo, nosotros armamos planes, ideamos recursos, nos disfrazamos, hacemos malabares y, con lentitud, nos vamos olvidando de lo único valedero: del contacto con el otro.
Porque un libro es siempre eso: otro. Un ser humano cuya mirada se ha hecho palabra y cuyo valor reside en su maestría para hacer de las palabras el vehículo para comunicar su modo de interpretar la realidad. El que lee se sumerge en ese baño de otredad y belleza, y de él depende cómo emerge: habrá quienes solo hagan la plancha, otros mojarán apenas sus pies en la orilla, otros bucearán en las profundidades, algunos atravesarán canales furiosos y embravecidos; pero a nadie se lo debería obligar a desear el agua. 
Leer es un acto voluntario y lo que de él se derive pertenece a la intimidad más privada. Eso no significa desentenderse; sino, simple y sencillamente, que el otro diga "No". Como madre disfruté leyéndole a Pablo desde que era un bebé de días; como profesora de literatura puse mi pasión al frente de todo. Pero también me apasionan los verbos y no voy por la vida intentando que todos experimenten el gozo de conjugarlos y observar la sutil trama que tejen con la idea del tiempo. Así como hay chicos que aceptan nuestras sugerencias, hay otros que nos acercan a la música o que dibujan o bailan. 
Creo que todos los niños deben ser arrimados a una experiencia estética, la que sea, obviamente yo privilegio la palabra porque de ella me nutro y vivo, porque creo que cuando leo el Quijote, además de su parodia, veo el alma de un hombre al que la vida maltrató en cuanta oportunidad pudo, y lo que me conmueve es su posibilidad de hacer de la furia ese soberbio relato, porque cuando leo la perfección de Góngora pienso cuánto dolor ha de haber anidado en su cuerpo para retirarse así de la palabra y construir un edificio perfecto por donde se lo mire, pero que aparenta distancia y vacío como si la literatura fuera para ser despoblada de carne y repleta de ninfas y Polifemos monstruosos.
Obviamente desearía que todos mis niños leyeran entusiasmados, que pudieran elaborar su mirada de las cosas a partir de la de los escritores que les acerco, que se asombraran de las insólitas combinaciones del lenguaje literario, que las imágenes verbales se les quedaran prendidas como estrellas, que cerraran a Proust y corrieran a hacerse un tilo para mojar la magdalena o que leyeran a los gritos la Ilíada creyendo que Zeus bajará a callarlos. Pero respeto a aquellos a quienes eso no les sucede. ¿Si creo que se pierden algo? Tanto como yo cuando no oigo música. Pero así es la vida: incompleta, siempre, porque la falta es necesaria para que surja el deseo, que es la única fuerza que mueve montañas.

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