"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca".
Jorge Luis Borges

viernes, 24 de julio de 2015

Mandobles

La escritora Belén Gopegui recuerda en esta especial carta escrita para El Cultural su amistad con Carmen Martín Gaite cuando se cumplen 15 años de su muerte




A menudo me preguntan por ti. Tienen tus libros pero quieren también lo más pequeño, el rozamiento, las pequeñas chispas naranjas que salían mientras los libros iban recorriendo su camino. Te conocí tarde, acababan los ochenta,nuestra amistad duró una década intensa, años en los que escribiste al menos seis novelas y media y dos libros de conferencias y artículos. Me leías entonces, capítulo a capítulo, y a quienes hoy preguntan no tengo forma de darles tu entonación, aún resuena, ni tu mirada en las pausas, aún la veo. En cuanto a las anécdotas, son ya conocidas. Por eso pienso que lo que tu público busca cuando pregunta a quienes te conocimos es un poco de realidad. Poner peso a los libros, esa fricción, la resistencia contra la cual surgieron.

Cada vida es difícil y a veces te mostrabas cansada de que se mencionase la dificultad de la tuya, separación y muertes. No es de tales fricciones de las que quiero hablar pues están dentro de tus libros; se metieron allí como la astilla de hielo de la reina de las nieves, pero la astilla emergió transformada en luz diurna, esa que se despliega en cada una de tus obras.

Te extrañaría saber que hoy, cuando sigues siendo estudiada con admiración y respeto, se te haya citado como muestra de escritora andocéntrica que sólo muy al final de su vida pudo viajar del machismo hacia un feminismo leve y de la diferencia. Hay algunos fragmentos y declaraciones en los que diste por bueno o natural lo que ahora se considera fruto de la sumisión y el dominio. Y es que no lo sabemos todo, miramos desde un lugar y quedan puntos ciegos que sólo otros y otras, cuando se desplazan, pueden ver. Digamos, sin embargo, quejamás fue la comodidad o el deseo de complacer al poderoso lo que generó zonas de invisibilidad, sino sólo el lugar donde la vida y la Historia te habían colocado. Y tú te batiste a mandobles contra ese lugar.

La realidad, entonces, que quiero entregar a quienes no te conocieron, o apenas una tarde en una conferencia o en la caseta de una feria del libro, es lo más parecido al rasgo del Quijote según el cual el personaje no actúa en función de pequeños efectos que quiere provocar, sino en un función del caballero a quien quiere parecerse; tal como, en nuestros días, alguien podría aceptar o rechazar una proposición no en función de las ventajas o perjuicios que pueda depararle, sino tomando en cuenta en qué medida aceptarla le aproxima, o no, a la clase de persona que quiere ser. Del mismo modo, tú elegiste hacer con cada palabra, cada coma y cada gesto, lo que una gran escritora hubiera hecho, una que jamás aceptaría doblegarse ante ningún techo de cristal. Luego, los techos vienen igualmente y todavía es posible detectar paternalismo, desdén, en algunos abordajes de tu obra y de ti. Pero antes caerán esos desdenes, esos paternalismos, que la persona que hiciste de ti misma y que hoy sostienen tanto tus escritos como tu vida entera, pugnaz donde las haya. 

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